Helado de verano

Las flores de primavera se quemaron en el verano, las dudas del invierno se volvieron ecos de algo que jamás será certeza.
Incontables son las veces que invoque a la lluvia esperando encontrar algo de equilibrio. Sabiendo que nada de lo que podría hacer serviría… porque no era yo la que tenía que hacer algo.
El calor me distrajo, tape el sol con un dedo… llame al cielo con las manos y extrañe a las olas.
Los meses pasaron y el tiempo hizo que aquello que creía dormido volviera a despertar… los primero días del verano llegaron envueltos de nostalgia.
Las cosquillas nunca cambian, pero el desorientado que las provoca nunca va a volver a ser el mismo… por más que el viento me deje en el mismo lugar.
Se alargan los días, se extiende la agonía, se multiplica el tiempo diario en el que una persona puede pensar(te).
Volver a volcar mis ilusiones en un trozo de papel, volver a morder las letras que quedaron sin decir, volver a perderme entre canciones para viajar sin pasaporte.
Elijo el camino difícil... a pesar de tener ganas de tomar ese atajo.
Se acabaron las melodías, se durmieron las angustias, se mezcla la rabia con molestia y resignación…
Finalmente el verano abraza al mes de enero… el más feliz, el que siempre espera mi corazón. El círculo vuelve a empezar pero las cosas nunca terminan de cerrar.
Y hoy ya no importa lo vivido, el calor trajo lo divino y pretende escucharme cantar.
Lo poco que me queda es hacer que las horas que me esperan sean mejores que las que me siguen…

Picadura de mosquito, besos con sabor a sal, abrazos interminables, canciones que viajan en el viento, risas, risas y más risas… ¡Ese gustito a verano que tantas veces me salvó!

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